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EL BESO PROFUNDO DE LA NOCHE
La madrugada fue suave y parecía eterna.
Toda la noche habíamos jugado a desearnos,
a amarnos más allá de la cordura,
a apoderarnos un rato, uno del otro.
Desde el jardín, la lluvia nos traía olores
de plantas, de flores amarillas de la montaña,
de geranios frescos, de tierra mojada.
Sólo quedaban un poco tibios, desperdigados,
los leños de la chimenea, mi vestido en el suelo,
los cuerpos desnudos sobre las sábanas,
la humedad en las piernas y en nuestros labios.
Pero de pronto se nos vinieron encima
las prisas, las preocupaciones.
La magia desapareció por la ventana.
Un amanecer cansado, somnoliento,
nos esperaba para decir que el sueño
de la pasión contenida y vuelta dicha,
había terminado.
Una leve esperanza en nuestra vida
no había podido concretarse, volverse realidad,
para continuar el beso profundo de la noche.
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